martes, 16 de julio de 2013

Capitulo 13- Siempre a tu lado

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Pau sintió el roce de unos labios y, cuando abrió los ojos, vio la cabeza oscura de Pedro.
-Pau: Es una manera muy agradable de despertar —murmuró.
Él levantó la cabeza, mirándola con sus ojos verdes.
-Pedro: ¿Cómo te encuentras?
-Pau: Mucho mejor. Estoy llena y me he echado una buena siesta. ¿Qué más podría desear una mujer embarazada?
-Pedro: Mi princesa no ha dormido mucho —dijo pasando una mano por su abdomen.
-Pau: No, está muy activa últimamente. El ginecólogo me dijo que se movían más en el segundo trimestre.
-Pedro: ¿En el tercer trimestre no se mueven?
-Pau: Sí, pero no mucho porque no tienen tanto sitio.
-Pedro: Entonces te será más fácil descansar.
Pau bostezó, tapándose la boca con la mano.
-Pau: Espero.
-Pedro: Seguis cansada.
-Pau: Estoy embarazada, así que creo que seguiré cansada durante los próximos dieciocho años. Pero me siento mucho mejor. En serio, Pedro. Vení, vamos a levantarnos.
-Pedro: ¿Por qué tenes tanta prisa por levantarte? A mí me gustaría quedarme en la cama hasta mañana —sonrió él, acariciando sus pechos.

Era como masilla entre sus manos, pensó. Si Pedro respiraba cerca de ella, se derretía. De modo que, echándole los brazos al cuello, buscó sus labios ansiosamente. Podía sentir su erección rozándola y sabía que la deseaba tanto como lo deseaba ella…
Pero, de repente, Pedro saltó de la cama y Pau lo miró, desconcertada.

-Pedro: Hoy lo has pasado muy mal, mi amor. No quiero cansarte más.
Parecía tan sorprendido como ella por el cariñoso término pero, sin decir nada más, entró en el vestidor. La había llamado «mi amor» y, aunque le pareció enternecedor, estaba claro que había sido sin darse cuenta.

Pero lo había dicho. No saber lo que sentía por ella y por qué se mostraba tan distante la había sorprendido desde el principio. ¿Era por su problema de memoria? ¿Temía que sus sentimientos por él no fueran válidos mientras lo considerase un extraño?

Pau se había concentrado en sus problemas, pero era evidente que Pedro también estaba pasándolo mal. Si pudiera recordar algo… si pudiera decirle que lo amaba, recordase o no haberlo amado en el pasado. Lo único que podía hacer era demostrárselo, pensó. Y rezar para recuperar la memoria lo antes posible.

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Pedro estaba en su estudio, mirando el mar desde la ventana. Pau estaba en la orilla, los pies descalzos dentro del agua. Él la vigilaba y le había pedido al servicio de seguridad que hiciera lo mismo. No quería arriesgarse después de la bajada de tensión del día anterior. Unos minutos antes había hablado con el detective encargado de su caso, pero aún no habían detenido a nadie. Los hombres que la secuestraron seguían libres, de modo que seguía habiendo peligro para ella y para su hija.

El detective había prometido mantenerse en contacto e informarlo en cuanto tuvieran alguna pista, pero Pedro no estaba satisfecho. Él quería resultados, quería que los hombres que le habían hecho daño a Pau pagasen por ello.

De nuevo, volvió a mirar por la ventana. Pau estaba riendo mientras apartaba el pelo de su cara y el impacto de su risa lo golpeó en el plexo solar como un puñetazo.

Recordaba otros tiempos, cuando eran felices juntos. Entonces no lo había apreciado, pero su relación… ahora admitía que tenían una relación, había sido abierta, cariñosa, nada exigente. ¿Por qué lo habría traicionado Pau? Casi hubiera preferido que lo traicionase con otro hombre. Pero no, había ido por su familia, por sus hermanos. Y eso no podía perdonarlo.

¿O sí?

Seguía furioso con ella por lo que había hecho, pero estaba dispuesto a seguir adelante, olvidar y empezar de nuevo. Tal vez Pau nunca recordaría lo que pasó y, si era sincero consigo mismo, todo sería más fácil de ser así.

Sabía que estaba siendo exageradamente protector y que eso la molestaba, pero que sus secuestradores siguieran libres… y, sobre todo, no saber por qué o para qué la habían secuestrado, significaba que el peligro seguía estando allí.

Pau era suya y él le había fallado. La había enviado a ella y a su hija a las manos de esos secuestradores porque dejó que la emoción nublara su buen juicio. Pedro se volvió, irritado, cuando sonó el teléfono.
-Julieta: Señor Alfonso…
-Pedro: Dime, Julieta, ¿has hablado con Fede sobre el proyecto de Río de Janeiro?
-Julieta: Sí, claro. Y me ha pedido que le dijese que si contestara usted al teléfono se lo diría personalmente.
Pedro soltó una carcajada.
-Pedro: Sí, bueno, era de esperar.
-Julieta: Quieren hablar con usted mañana a las siete, por videoconferencia. El señor Hernan también estarán en línea, pero el señor Federico quiere hablar personalmente con usted.
-Pedro: De acuerdo.
-Julieta: ¿Qué tal va todo en la isla?
-Pedro: Bien —contestó, mirando a Pau de nuevo.
-Julieta: ¿Ha recuperado la memoria?
-Pedro: No.
Al otro lado de la línea hubo un silencio.
-Julieta: ¿Se le ha ocurrido pensar que podría estar fingiendo?
-Pedro: ¿Qué?
-Julieta: Piénselo, señor Alfonso ¿Qué mejor manera de volver con usted que fingiendo no recordar nada? Ni siquiera puede estar seguro de que el niña sea suya. Estuvo secuestrada durante meses… ¿quién sabe lo que pudo pasar?
-Pedro: ¡Ya está bien! —exclamó irritado.
-Julieta: Pero…
-Pedro: Ya has dicho más que suficiente.
-Julieta: Como quiera. Lo llamaré por teléfono si hay algún cambio sobre la conferencia de mañana.

Después de colgar, Pedro miró hacia la playa pero Pau había desaparecido. ¿Podría tener Julieta razón? La idea se le había ocurrido más de una vez, pero el instinto le decía que no. Claro que con Pau se había equivocado de medio a medio. Y sabía que era capaz de traicionarlo. Nervioso, se pasó una mano por la cara. Daba igual lo que él pensara. Iba a tener una hija suya y eso era lo más importante.

Un ruido hizo que volviese la cabeza entonces. Pau estaba en el quicio de la puerta, con una sonrisa en los labios y los ojos brillantes de felicidad.
-Pedro: ¿Ya te has cansado de la playa?
-Pau: Sí.
-Pedro: Parece que lo has pasado bien. ¿Cómo te encuentras?
-Pau: Perfectamente —contestó ella, acercándose al escritorio. Pedro estuvo a punto de pedirle que se sentara en sus rodillas, pero no lo hizo porque necesitaba distanciarse.
-Pedro: ¿Seguro que estás bien?
-Pau: Te preocupas demasiado. No necesito que me cuides como si fuera una niña pequeña. Cualquiera diría que soy la primera mujer en el mundo que se queda embarazada.

-Pedro: Eres la primera mujer que va a tener una hija mia.
-Pau: También para mí es la primera vez —rió ella— Y te permito muchas cosas porque ésta es nuestro primera hija. Pero cuando tengamos otro, espero que actúes como un hombre sensato.

Pedro apretó los labios. Otro hijo. Seguir juntos, una relación duradera…

Sí, tenía intención de pedirle que se casara con él, pero no había pensado en lo que eso significaba.

Un lugar permanente para ella en su vida. Más hijos.

¿Tendrían razón sus hermanos? ¿Debería haberla instalado en un apartamento, contratar empleados que la atendieran hasta que naciese su hija y luego apartarla de su vida?
Pau: ¿Qué pasa, Pedro?

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