jueves, 18 de julio de 2013

Capitulo 15- Siempre a tu lado

.................................................................


Los días y las noches se convirtieron en una agradable rutina. Una vez seguro de que se encontraba bien, Pedro le hacía el amor todas las noches, poseyéndola con una pasión que la dejaba sin aliento. Pero, por las mañanas, siempre se había ido antes de que ella despertase.

A menudo lo encontraba en el estudio, hablando por teléfono, trabajando en el ordenador o firmando contratos que le llegaban por fax. Pedro levantaba la mirada al oírla entrar y, durante unos segundos, veía un brillo ardiente en sus ojos… pero enseguida se controlaba y, después de murmurar un amable «buenos días», volvía a trabajar.

De modo que Pau pasaba las mañanas sola o en compañía de Emi y el doctor Mariano. A la hora de comer, Pedro salía de su estudio por fin. Y, afortunadamente, le dedicaba las tardes a ella. Pau solía convencerlo para que fuesen a dar un paseo por la playa y, aunque él solía protestar porque hacía fresco y porque iba a cansarse, al final aceptaba. Ella esperaba ansiosamente aquel momento del día porque, durante esas horas, Pedro parecía perder su reserva.

Fue durante uno de esos paseos cuando Pedro dijo algo que la sorprendió:
-Pedro: Deberíamos casarnos lo antes posible.
Pau empezó a jugar con su anillo, preguntándose por qué no parecía en absoluto feliz.
-Pau: ¿Por qué tenes tanta prisa?
-Pedro: Quería que te recuperases y el médico dice que ahora estás muy bien.
-Pau: ¿Y cuándo queres que nos casemos?
-Pedro: En cuanto pueda solucionarlo todo. No quiero que nuestro hija nazca antes de la boda.
Pau lo miró, sorprendida. No era una declaración romántica precisamente. Pero tampoco ella quería que su hija naciese antes de que se hubieran casado.
-Pedro: ¿Queres casarte conmigo? Yo cuidaré de ti y de mi princesa. No les faltará de nada, te lo prometo.

Ella tuvo que hacer un esfuerzo para poner buena cara. Cuanto más hablaba, menos deseaba esa boda. Lo decía como si fuera… un contrato, un acuerdo. Y ella no quería que su matrimonio fuera eso. Pedro levantó su barbilla con un dedo para mirarla a los ojos.
-Pedro: ¿En qué pensas?
-Pau: En nada —mintió ella, para no hacerle año.
-Pedro: ¿Eso es un sí?
-Pau: Sí —susurró— Me casaré contigo en cuanto todo esté arreglado.
Satisfecho, Pedro se inclinó para besar sus labios.
-Pedro: No te arrepentirás.

Qué extraña frase aquélla. ¿Por qué iba a arrepentirse de casarse con el hombre con el que estaba prometida y de quien esperaba una hija? Pau se preguntó entonces si siempre sería tan críptico y si ella habría aprendido a amarlo a pesar de ello. Evidentemente, así era. Mientras volvían a la casa, Pau tomó su mano, quizá como consuelo. Y, después de una breve vacilación, Pedro enredó sus dedos con los suyos. Animada por tan pequeño gesto, Pau decidió olvidar todas sus dudas.

Esa noche, mientras se ponía el camisón, Pedro  apareció tras ella y la tomó por la cintura, apoyando las manos en su abultado vientre.
-Pedro: Te prefiero desnuda, cariño —murmuró, tirando del camisón que acababa de ponerse.

Esas palabras, y ese gesto, despertaron un recuerdo distante. Por un momento, vio una imagen de Pedro delante de ella, mirándola, diciendo esas mismas palabras. Intentó recordar algo más, pero la imagen desapareció tan rápido como había aparecido.

El camisón cayó a sus pies y Pau se quedó inmóvil, un poco insegura y tímida al estar sólo con las braguitas. Sintió un escalofrío cuando Pedro volvió a poner las manos en su abdomen, deslizándolas luego hacia arriba para acariciar sus pechos. Y tembló de forma incontrolable mientras acariciaba sus pezones con la yema del pulgar.
-Pedro: Te deseo —dijo con voz ronca— Sos preciosa.
Era tan fácil olvidar sus dudas e inseguridades en el refugio de sus brazos. Cuando hacían el amor conectaban por completo. No había más barreras, ni momentos incómodos, ni frialdad alguna. Vivía para esos momentos, cuando la hacía suya, cuando le demostraba con gestos lo que no parecía capaz de demostrarle con palabras.
-Pau: Bésame —susurró.

Dejando escapar un gemido ronco, Pedro la tomó en brazos y capturó sus labios. Sus movimientos eran impacientes esa noche, como si no pudiera esperar para poseerla.

La llevó a la cama y, sin dejar de besarla, le quitó la ropa a tirones con manos trémulas. Los labios de Pedro fueron de su boca a su cuello y luego a sus pechos para tirar de un pezón con los labios, el roce de su lengua en la punta enviando olas de placer por todo su cuerpo.

Pau veía su oscura cabeza moviéndose hacia abajo y entonces, de repente puso la boca en su estómago, depositando en él un beso suave como el roce de una cortina de seda…

Si pudieran estar siempre así… sin palabras, sin defensas, sintiéndose amada. Sin barreras, sin secretos.

-Pedro: No me canso de ti —admitió, con un tono que sonaba extrañamente vulnerable. Pero la miraba con una expresión fiera, sombría. Y luego empezó a moverse más deprisa, con más urgencia, llevándola a un precipicio donde ella flotaba, feliz.

Así empezó la noche. Apenas había bajado del cielo cuando Pedro empezó a hacerle el amor de nuevo. La amaba sin descanso, de manera insaciable, como un hombre poseído hasta que, poco antes de amanecer, los dos se quedaron dormidos.

Y aunque Pau estaba eufórica después de esa noche, su sueño no era tranquilo. Había cierta familiaridad en esa manera de hacer el amor, en esa urgencia, como si por primera vez le hubiera mostrado parte de su vida pasada con él.

En sus sueños, intentaba abrir una puerta, sabiendo que al otro lado estaba su vida pasada, sus recuerdos, todo lo que le había ocurrido. Tiraba de la puerta, la empujaba, la arañaba, la golpeaba con los puños hasta que, por fin, consiguió abrirla un poco. Salía un rayo de luz por el resquicio, pero entonces, de repente, Pau experimentaba una sensación de angustia, de miedo y desesperación.

Sabía sin la menor duda que no quería ver lo que había al otro lado.
Aturdida, soltaba la puerta, que se cerraba sola de golpe. ¡No! Tenía que saber. ¿Quién era ella y qué le había pasado?

-Pedro: ¡Pau, Pau! —su voz  interrumpió el sueño— Despierta, es sólo una pesadilla, no pasa nada. Estás conmigo.

Ella abrió los ojos, aturdida. Pedro había encendido una de las lamparitas y la miraba con cara de preocupación. Pero se sentía terriblemente angustiada y, al notar algo húmedo rodando por su rostro, se dio cuenta de que estaba llorando. No era capaz de disipar la sensación de pánico que la embargaba…

Intentó hablar, decirle que estaba bien, pero un sollozo escapó de su garganta y Pedro la abrazó, apretándola contra su corazón.
-Pedro: Vas a ponerte enferma, cariño. Deja de llorar.
Pau se agarró a él como si temiera soltarlo y, cuando por fin logró recuperar el control, Pedro se apartó un poco para mirarla a los ojos.
-Pedro: ¿Qué te ha dado tanto miedo?
Las imágenes del sueño volvieron de repente, pero esta vez Pau intentó darles sentido. Afortunadamente, el pánico empezaba a desaparecer.
-Pau: Estaba frente a una puerta y sabía que al otro lado… estaban mis recuerdos. Pero no podía abrirla por mucho que lo intentase. Por fin logré abrirla un poco, pero…
-Pedro: ¿Pero qué?
-Pau: Me daba miedo. Pánico —suspiró ella— Entonces soltaba la puerta y se cerraba de golpe.
-Pedro: Sólo ha sido un sueño —murmuró él, acariciando su pelo— No pasa nada. Tenías miedo a lo desconocido, es natural.
Poco a poco, Pau empezó a relajarse entre sus brazos.
-Pedro: ¿Estás bien? ¿Quieres que llame al doctor?
-Pau: No, estoy bien. Ahora me siento como una boba.
-Pedro: No sos una boba. Vení, intenta dormir un poco. Ha sido culpa mía por haberte tenido despierta hasta tan tarde.

Pau apoyó la cabeza sobre su pecho y se dejó caer en lo que, esta vez, fue un sueño sin sobresaltos.

--

Pedro se levantó al amanecer. No había dormido nada desde que Pau tuvo la pesadilla. Después de calmarla había estado despierto mirando al techo, pensando en la imposibilidad de su situación. Con cuidado para no despertarla, entró en el cuarto de baño para ducharse y, después de comprobar que seguía dormida, bajó al primer piso. Pero no entró en el estudio como solía hacer cada mañana.

Algo lo empujaba hacia la playa. Hacía frío, pero no se daba cuenta mientras miraba las olas golpeando la arena.
El pasado de Pau, el pasado de los dos, había amenazado su sueño. ¿Qué pasaría cuando recordase todo lo que había ocurrido? Ese terrible conflicto estaba dejándolo agotado. Pero sería tan fácil olvidar. Allí, en la isla, lejos del resto del mundo, sería fácil creer que eran sólo Pau, su hija y él. Sin pasado, sin traiciones, sin mentiras.

Metiendo las manos en los bolsillos del pantalón, Pedro inclinó la cabeza, resignado. Nunca en su vida personal o profesional se había sentido tan… desconcertado. ¿Podría perdonarla por intentar destruirlo, a él y a sus hermanos? Esa era la pregunta para la que debía encontrar respuesta. Porque si no encontraba la respuesta no habría futuro para ellos. Cuando Pau recordase, todo cambiaría de manera irrevocable. Él podría aferrarse a su amargo engaño… u ofrecerle su perdón.

No tenía repuestas. No sabía si podría ser tan generoso. La deseaba, desde luego, se sentía atraído por ella aun conociendo su engaño. Y estaba embarazada de su hija. Pero ¿de verdad podía decir que si no estuviera embarazada sería capaz de apartarse de su lado?

De repente, Pau lo abrazó por detrás y, sin pensar, Pedro cubrió sus manos con las suyas. Sentía su mejilla apretada contra su espalda y la sensación era tan placentera…

Pero cuando se dio la vuelta ella lo miraba con cara de preocupación.
-Pau: He pasado por el estudio, pero no estabas y me he preocupado.
-Pedro: ¿Por qué?
-Pau: Porque siempre estás en tu estudio por la mañana. Y al no encontrarte en la casa pensé… que te habías ido.
-Peter: No pienso irme a ninguna parte sin vos.
¿Se había mostrado tan distante, tan frío, que eso era lo que Pau pensaba de él? Aunque era lógico.
-Pau: ¿Queres que demos un paseo? —le preguntó— Me gusta pasear por las mañanas.
-Pedro: ¿No deberías estar descansando?
Pau dio un paso atrás.
-Pau: Si no te apetece estar conmigo sólo tenes que decirlo.
-Pedro: Yo no…
-Pau: Deja de decirme que necesito descansar porque no es verdad —le espetó ella, antes de darse la vuelta.
-Pedro: ¡Pau, espera! —la tomó del brazo.
-Pau: Vete, haz lo que tengas que hacer. Yo esperaré mi cita contigo por la tarde.
-Pedro: Tú no eres un compromiso.
-Pau: ¿Ah, no? He intentado ser paciente, entender… aunque soy incapaz de entender esta relación nuestra y estoy cansada de intentarlo. Estoy muerta de miedo, Pedro. No sé quién soy. Un día me despierto y estoy embarazada de un hombre al que no conozco. Mi prometido debería quererme, desear estar conmigo a todas horas, pero nada en tu comportamiento me hace pensar eso. Un momento estás alegre, al momento siguiente me apartas de tu lado… y no puedo seguir así.
Algo dentro de Pedro se encogió, apretándolo de tal modo que le impedía respirar.
-Pedro: ¿Qué estás diciendo?
-Pau: ¿Por qué vas a casarte conmigo? ¿Es por nuestra hija?
-Pedro: Mira, vamos a dejarlo. Estás cansada…
-Pau: ¡No estoy cansada! —exclamó— Y quiero que dejes de portarte como si fueras mi padre porque no lo eres. Ni siquiera creo que estés tan preocupado por mí… sólo es un barrera tras la que puedes esconderte cada vez que empiezo a hacer preguntas.
Pedro abrió la boca para protestar, pero no lo hizo. No podía negar lo que era cierto. Aun así, no quería que se disgustase porque eso no podía ser bueno para la niña.
-Pau: ¿Qué hay en mi pasado que me da tanto miedo? Lo de anoche me aterrorizó y he despertado esta mañana asustada otra vez. Pero no porque no recuerde nada sino porque me da miedo recordar. Decimelo, Pedro. Tengo que saberlo. ¿Qué había entre nosotros antes de que perdiese la memoria? ¿Estábamos enamorados?
Él se volvió para mirar las olas, metiendo las manos en los bolsillos del pantalón.
-Pedro: Trabajabas para mí.
-Pau: ¿Yo trabajaba para ti… en alguno de los hoteles?
-Pedro: No, en las oficinas. Eras mi ayudante.
Pau lo miró, sorprendida.
-Pau: Pero Julieta es tu ayudante y parece muy cómoda haciendo ese papel. Como si llevara años haciéndolo.
-Pedro: No fuiste mi ayudante durante mucho tiempo —sonrió— Yo estaba deseando tenerte en mi cama y te convencí para que dejaras tu puesto… porque me distraías.
Pau no pareció muy contenta con tal afirmación.
-Pau: De modo que tenes por costumbre ponerme en el sitio que más te conviene. ¿Y yo permití eso? ¿Yo dejé mi trabajo para acostarme contigo?
Pedro se encogió de hombros.
-Pedro: Parecías tan contenta de estar conmigo como yo de estar contigo.
Pau se llevó una mano protectora al abdomen.
-Pau: ¿Nuestra hija fue planeada?
Él respiró profundamente. No había una manera fácil de decir aquello:
-Pedro: Yo no diría que fue planeada, pero desde luego sí ha sido bienvenido.
Esa respuesta hizo que pareciese aún más angustiada.
-Pedro: ¿Por qué estás tan triste esta mañana? ¿Qué puedo hacer para que te sientas mejor?
-Pau: Puedes dejar de usar la excusa de mi salud y la mi hija para tratarme como si fuera una inválida. Y puedes dejar de tratar mi pasado como si fuera algo que no tengo derecho a conocer.
-Pedro: Muy bien. Intentaré preocuparme menos por tu salud, si eso es lo que quieres.
-Pau: Eso es lo que quiero. Pero lo que de verdad deseo es que seamos felices, Pedro. Quiero estar segura de cuál es mi sitio en tu vida. Quiero recordar, pero también… quiero que me des algo más que un poquito de tu tiempo.

Él la miro, pensativo. Nunca había sido tan directa antes de perder la memoria. ¿Pero habría sentido lo mismo sin decirlo? ¿Le habrían dolido sus prolongadas ausencias?

Lean el que sigue :)

No hay comentarios:

Publicar un comentario