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Cuando despertó estaba en una cama diferente. Pau parpadeó al ver que estaba en el dormitorio principal, pero no sabía cómo había llegado allí.
Cuando se sentó en la cama vio a Pedro al otro lado de la habitación, mirándola fijamente.
-Pau: Debía estar más cansada de lo que creía. Ni siquiera me he despertado cuando me trajiste aquí.
-Pedro: A partir de ahora dormirás en nuestra habitación, en nuestra cama.
-Pau: Sí, muy bien. Entré en la otra habitación sin darme cuenta…
-Pedro: Tu sitio está aquí, conmigo.
Pau inclinó a un lado la cabeza. Tenía la impresión de que Pedro no estaba hablando sólo de que se hubiera tumbado en la otra cama. Era casi como si quisiera convencerse a sí mismo, y a otros, de que aquél era, efectivamente, su sitio.
-Pau: A tus hermanos les caigo mal, eso está claro.
-Pedro: Mis hermanos no tienen nada que decir sobre nuestra relación. Además, anunciaré nuestro matrimonio en la recepción, pasado mañana, y nos casaremos dentro de una semana.
Y no había nada que decir porque era una orden, evidentemente.
-Pedro: ¿Por qué no te vistes? Vamos a salir a cenar.
-Pau: ¿Langosta? —sonrió. Y entonces se dio cuenta de lo que había dicho— ¡Me gusta la langosta!
-Pedro: Sí, tenés razón. Te encanta. Yo solía pedirla por teléfono y la comíamos en la cama.
Pau debía admitir que la idea era muy atractiva, pero Pedro la ayudó a levantarse para ir al cuarto de baño. Media hora después, su prometido la escoltaba hasta el vestíbulo del edificio. En la puerta, como siempre, los esperaba una limusina con chófer. Los llevó a un restaurante precioso, donde les dieron una mesa ligeramente apartada de las demás. El local estaba iluminado casi como si fuera Navidad y Pau suspiró, pensando cuánto le gustaban las fiestas. Otro recuerdo, se dio cuenta. Le gustaban las fiestas navideñas. En un mes, todas las tiendas y restaurantes de
Nueva York estarían iluminados y, sin saber por qué, sonrió al imaginar las navidades con Pedro.
-Pedro: Estás perdida en tus pensamientos. Y tenes una sonrisa tan dulce que espero ser yo en quien estás pensando.
-Pau: Estaba imaginando las navidades contigo. Y he recordado que me gusta mucho la Navidad.
-Pedro: Parece que estás recuperando la memoria —dijo él, aunque no parecía excesivamente contento.
-Pau: Sólo algunas cosas, muy poco a poco. Y es más una sensación que un recuerdo de verdad.
-Pedro: Volverá, debes ser paciente.
Pau asintió, aunque era frustrante. Pero, decidida a no estropear la noche, se dijo a sí misma que debía relajarse y disfrutar de la cena y de
Pedro. Sin interrupciones, ni familiares o ayudantes groseras.
-Pedro: ¿Quieres que vayamos de compras mañana?
-Pau: ¿Qué?
-Pedro: Tengo una reunión a primera hora, pero luego podríamos comer juntos e ir a comprar un vestido para la recepción. Y también podríamos mirar vestidos de novia.
No podía imaginar a Pedro de compras con ella y estaba segura de que no era porque no lo recordase.
-Pau: ¿De verdad quieres que vaya a la recepción?
-Pedro: Como pienso anunciar nuestra próxima boda, sería raro que tú no estuvieras allí. A menos que no quieras ir.
-Pau: No, pero es que…
-Pedro: Entonces, está decidido. Iremos de compras mañana… después de que hayas comido bien.
-Pau: Oye, que no soy un cachorro.
-Pedro: No, pero tengo que cuidarte —sonrió él, apretando su mano— Además, eres mi cachorrita… sólo mía.
-Pau: Bueno, me gusta que cuides de mí. Y no me importa ser tu cachorrita.
-Pedro: Eres mía. Eso es lo que eres.
-Pau: Entonces por qué no vamos a casa y me lo demostrás? —susurró soltando una risita juguetona.
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A la mañana siguiente Pedro se levantó temprano, como era su costumbre, y después de darle un beso en la frente le dijo que volvería a buscarla para comer. Pau siguió durmiendo, pero cuando despertó de nuevo y miró el despertador comprobó que aún era temprano. Quedaban muchas horas antes de que Pedro fuera a buscarla y no tenía la menor intención de pasarlas sentada en el apartamento. Con tantos guardaespaldas, alguno de ellos podría llevarla a dar una vuelta, pensó. Aunque no sabía dónde ir. Entonces se le ocurrió algo: siendo Pedro un obsesionado de la seguridad, alguno de ellos recordaría dónde solía llevarla y las cosas que solía hacer.
Animada, Pau se metió en la ducha y, media hora después, bajaba en el ascensor. En el portal había un hombre alto y fuerte al que reconoció…
Nico, se llamaba.
-Nico: Señorita Chaves.
-Pau: Supongo que Pedro le habrá dicho que… en fin, que perdí la memoria después del accidente.
El hombre asintió con la cabeza.
-Pau: Imagino que yo tenía seguridad antes del accidente.
-Nico: Yo me encargaba personalmente de su protección, señorita Chaves.
-Pau: Ah, estupendo, entonces a lo mejor puede ayudarme. Me gustaría ir a algún sitio, pero la verdad es que no recuerdo dónde solía ir.
Nico sacó el móvil del bolsillo y, después de hablar rápidamente en italiano, asintió un par de veces con la cabeza y le pasó el teléfono.
-Nico: El señor Alfonso quiere hablar con usted.
-Pau: Por el amor de Dios… no ha perdido el tiempo delatándome, ¿eh?
Nico soltó una carcajada.
-Pedro: ¿En qué líos te estás metiendo ahora, hermosa?
-Pau: Ninguno lío. Sólo quería salir un rato pero volveré a la hora de comer, te lo prometo.
-Pedro: Disfruta de la mañana, pero ten cuidado y no te canses. Si vas a llegar tarde dile a Nico que me llame. Así podremos vernos para comer sin que tengas que volver al apartamento.
-Pau: Muy bien, un beso —se despidió, antes de devolverle el teléfono a Nico— Usted y yo tenemos que hablar sobre eso de delatar lo que hago.
-Nico: Le aseguro, señorita Chaves, que ya hemos tenido más de una conversación sobre ese asunto en el pasado.
-Pau: ¿Ah, sí?
Un segundo después un coche se detenía frente al portal. El guardaespaldas le abrió amablemente la puerta y subió al asiento del pasajero.
-Nico: ¿Dónde quiere ir, señorita Chaves?
-Pau: No lo sé. ¿Puede llevarme a todos los sitos a los que solía ir antes?
-Nico: Muy bien.
La primera parada fue una cafetería a unas manzanas del apartamento. Nico y otro hombre de seguridad la escoltaron al interior.
Era un sitio alegre, lleno de gente, y Pau se imaginó a sí misma en un local así. Pero no despertaba recuerdo alguno. Suspirando, se volvió para decirle a Nico que quería seguir con su excursión. La siguiente parada fue en un mercado y eso sí la dejó realmente sorprendida.
-Nico: Le gusta cocinar, señorita Chaves. Particularmente cuando el señor Alfonso ha estado fuera de Nueva York durante mucho tiempo.
Solíamos venir aquí para que comprase los ingredientes que necesitaba… y luego me hacía llevar las bolsas.
-Pau: ¿Era muy antipática? —rió.
-Nico: No, al contrario. Era un placer acompañarla.
-Pau: Vaya, por fin alguien que no me odia —suspiró ella— ¿Dónde vamos ahora?
Visitaron una biblioteca y una tiendita de arte y, aunque se imaginaba a sí misma en esos sitios, no despertaban ningún recuerdo. Sin embargo, cuando el coche se detuvo a la entrada de un parque, de repente sintió una oleada de pánico.
-Nico: ¿Se encuentra bien?
-Pau: Sí, sí…
-Nico: Tal vez deberíamos volver al apartamento. Es casi la hora del almuerzo.
-Pau: No —dijo saliendo del coche. Quería estar allí. Necesitaba estar allí. Algo en aquel sitio provocaba una especie de tambor en su mente, aunque fuera desagradable.
Mientras recorría un camino de tierra se envolvió en el abrigo. Hacía sol, pero tenía frío, un frío que le llegaba hasta el alma. Tras ella, Nico la seguía. Pau miró un banco de piedra al lado de una estatua y se acercó a él, sin saber muy bien por qué. Después de sentarse puso las manos sobre la fría piedra y, al mirar hacia delante, se rio embargada por una ola de tristeza. No tenía sentido, pero sabía que había estado allí antes, en aquel mismo sitio. Y sabía que había sentido miedo, inseguridad. El recuerdo estaba tan cerca que podía sentir el peso de esa tristeza, de esa indecisión.
-Nico: ¿Se encuentra bien? ¿Quiere que llame al señor Alfonso?
-Pau: No, estoy bien. Pero noto que he estado aquí antes.
Nico asintió, preocupado.
-Nico: Solía sentarse aquí a menudo… en este mismo banco, para pensar.
-Pau: ¿Por qué? ¿Tenía mucho en lo que pensar?
El hombre miró su reloj.
-Nico: Deje que llame al señor Alfonso para decirle que iremos directamente al restaurante.
Pau no puso objeción alguna cuando el hombre la ayudó a levantarse y, en lugar de caminar tras ella, la tomó del brazo para llevarla al coche.
-Pau: No hace falta que preocupe a Pedro. Si le dice que estoy triste me obligará a meterme en la cama… ésa es su solución para todo. Además, no quiero. Vamos a ir de compras. Tengo que comprarme un vestido de novia y no puedo hacerlo desde la cama.
Sonriendo, Nico cerró la puerta y volvió a su asiento.
-Nico: Si el señor Alfonso pregunta, le diré que hemos pasado el día dando vueltas por Nueva York.
-Pau: Ya sabía yo que había una razón para que me cayera usted bien —suspiró.
Hola aqui el capitulo del dia :) gracias por los comentarios, empieza la cuanta regresiva, el final esta cerca y se vienen los capitulos decisivos, disfrutenlos y comenten mucho asi subo otro mañana @patty_lovepyp
Está muy bueno el capítulo!! Es triste que Paula no recuerde nada!! Creo que Julieta tiene mucho que ver en todo esto!!
ResponderEliminarmuy bueno,seguí subiendo...
ResponderEliminarMe encantó!!! Espero los próximos caps mañana!!!
ResponderEliminarMuyyyyyyyyyy genial!
ResponderEliminarBuenisima novela... ME ENCANTA!!!! ¿que habra pasado en ese parque? el departamento donde tuvo la ultima pelea con Pedro y el la hecho a la calle deberia haber sido un detonante pero no, lo raro es este parque...... que intriga... quiero leer como sigue. Subi mas hoy porfis!!!!
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