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Dos días después, Paula, sentada en una silla de ruedas, sujetaba la manta que la enfermera había colocado sobre sus piernas. Pedro estaba a su lado, escuchando atentamente las instrucciones del médico.
Todos habían sido muy amables con ella y temía dejar atrás esa amabilidad para aventurarse en un mundo que desconocía. Tras despedirse del médico y las enfermeras, Pedro empujó la silla de ruedas hacia la entrada del hospital y, cuando salieron a la calle, Paula parpadeó, cegada por el sol. Había una limusina aparcada en la puerta y Pedro la ayudó a subir. Unos minutos después, el lujoso coche se deslizaba por las calles de Nueva York.
La ciudad le resultaba familiar. Podía recordar algunas tiendas, algunos edificios, pero lo que faltaba era la idea de que aquél era su hogar, su sitio. ¿No había dicho Pedro que vivían allí? Se sentía como un artista frente a un lienzo en blanco, pero sin la habilidad de pintar retrato alguno.
Diez minutos después, la limusina se detuvo frente a un moderno y lujoso rascacielos que no despertó en ella ningún recuerdo. Pero cuando se abrieron las puertas del ascensor, durante un momento brevísimo fue como si estuviera a punto de recordar, a punto de rasgar el velo oscuro que la apartaba de su pasado…
-Pedro: ¿Qué ocurre?
-Pau: He hecho esto antes.
-Pedro: ¿Te acuerdas?
-Pau: No, pero me resulta familiar. Sé que he estado aquí.
-Pedro: Aquí es donde vivimos… durante muchos meses. Es natural que lo recuerdes. Entra, ya hemos llegado.
Para su sorpresa, fueron recibidos por una mujer; joven y atractiva que puso una mano en el brazo de Pedro en un gesto que a Pau le resultó demasiado familiar.
-Julieta: Bienvenido a casa, señor Alfonso. Dejé todos los contratos que necesitan su firma sobre el escritorio del estudio. Y también me he tomado la libertad de pedir la cena— Después de decir eso miró a Pau de arriba abajo, una mirada que la hizo sentir pequeña e insignificante.
-Pedro: Gracias, pero no deberías haberte molestado. Pau, te presento a Julieta Sciancalepore, mi ayudante personal.
-Julieta: Encantada de volver a verla, señorita Chaves. Hace meses que no nos veíamos…
-Pedro: Julieta —la irrumpió, con un tono que le pareció de advertencia.
Pau miró de uno a otro, sin entender. ¿La mujer se movía por el apartamento como si fuera allí todos los días y, sin embargo, no la había visto en varios meses?
-Julieta: Imagino que tendrán muchas cosas que contarse, así que me voy —dijo con una sonrisa— Llámeme si necesita algo y vendré enseguida.
-Pedro: Gracias.
La asistente se alejó sus elegantes tacones repiqueteando sobre el suelo de mármol italiano.
Pau se daba cuenta de que allí pasaba algo raro, pero no quería preguntar. Lo haría en otro momento, cuando se sintiera más segura. Aunque no sabía si algún día se sentiría más segura.
-Pedro: Deberías irte a la cama.
-Pau: No, estoy harta de estar en la cama.
-Pedro: Entonces deberías tumbarte en el sofá. Te llevaré una bandeja con algo de comer.
Comer, descansar, comer. Ese parecía ser el único objetivo de Pedro. Suspirando, Pau dejó que la llevase al sofá y la cubriese con una manta. Se mostraba reservado, casi distante, pensó. Pero imaginó que si fuera al revés, si él la hubiese olvidado, tampoco ella sabría bien qué hacer.
Pedro salió de la habitación y volvió unos minutos después con una bandeja.
-Pau: Tu ayudante ha dicho que había dejado trabajo para ti.
-Pedro: El trabajo puede esperar.
-Pau: ¿Y qué pensas hacer, mirarme mientras duermo? Estoy bien, de verdad. No puedes estar pendiente de mí veinticuatro horas al día. Si hay algo que necesita tu atención, por favor no dudes en hacerlo.
Pedro la miró entonces, indeciso.
-Pedro: La verdad es que tengo cosas que hacer antes de irnos de Nueva York.
-Pau: ¿Cuándo nos vamos?
-Pedro: Había pensado que nos quedásemos aquí unos días, hasta que te recuperes. Luego iremos en mi jet a Italia y un helicóptero nos llevará a la isla. Mi gente está preparando ya nuestra llegada.
Pau miró alrededor, un poco sorprendida por tanto lujo.
-Pau: ¿Sos… millonario?
-Pedro: Mi familia posee una cadena de hoteles.
El apellido Alfonso flotaba en su memoria, o en lo que quedaba de ella. Celebridades, miembros de la realeza, algunas de las personas más ricas del mundo se alojaban en el Imperial Park, en el centro de la ciudad. Pero él no podía ser ese Alfonso… ¿o sí?
Los Alfonso eran la familia de hoteleros más famosa del mundo.
-Pau: ¿Y cómo… cómo nos conocimos tú y yo?
¿Pertenecía ella también a una familia de millonarios? No era capaz de recordar nada…
-Pedro: Descansa ahora, bella —murmuró, al verla nerviosa.
Pau cerró los ojos. Pensar le dolía. Intentar recordar algo la dejaba sin fuerzas.
Pedro echó un vistazo a la lista de mensajes y enseguida apartó uno de su hermano Fede. También había otro de su otro hermano menor, Hernan.
No podía esperar mucho tiempo para contestar porque ya habrían recibido su mensaje y debían estar perplejos. ¿Cómo iba a explicarles aquello? ¿Cómo iba a explicarles que se llevaba a Italia a la mujer que había intentado arruinarlos?
Haciendo una mueca, levanto el teléfono para llamar a Fede.
-Fede: ¡Pedro, por fin! Estaba a punto de tomar un avión para que me cuentes qué está pasando.
-Pedro: Sí, bueno…
-Fede: Espera un momento, voy a llamar a Nan, así no tendrás que explicarlo dos veces. Sé que Nan está tan interesado en la explicación como yo.
-Pedro: ¿Desde cuándo tengo que darle explicaciones a mi hermano pequeño?
Fede rió mientras escuchaban la señal de llamada.
-Nan: ¿Se puede saber qué está pasando? —fue el saludo de su hermano— He recibido tu mensaje y no entiendo nada.
-Pedro: Parece que tanto Fede como vos serán tíos.
Ninguno de los dos dijo nada durante unos segundos.
-Fede: ¿Estás seguro de que es tuyo? —preguntó por fin.
Pedro hizo una mueca.
-Pedro: Está embarazada de cuatro meses y hace un meses yo era el único hombre con el que se acostaba. Eso lo sé con toda seguridad.
-Nan: ¿Cómo sabías que nos estaba robando? —replicó su hermano menor.
-Fede: Cállate, Nan —lo regañó— Lo importante ahora es qué vas a hacer. Evidentemente, no podes confiar en ella.
-Pedro: Hay una complicación —suspiró— Pau no recuerda nada.
-Nan: Muy conveniente, ¿no te parece?
-Vico: Te tiene agarrado por el cuello.
-Pedro: También a mí me parecía increíble al principio —admitió él— Pero la he visto. Está aquí, en… nuestro apartamento. La amnesia es real, se los aseguro.
Era imposible que fingiera esa vulnerabilidad, ese miedo, esa confusión. Y saber que estaba sufriendo le dolía… aunque no debería ser así. También ella lo había hecho sufrir.
-Fede: ¿Qué piensas hacer? —preguntó su hermano mayor.
-Pedro: Nos iremos a la isla en cuanto se encuentre un poco mejor. Allí podrá recuperarse y los periodistas no nos molestaran.
-Nan: ¿No podes llevarla a algún sitio hasta que nazca el niño y luego librarte de ella? —exclamó— Perdimos millones de dólares por su culpa y ahora nuestros hoteles los está levantando la competencia.
Lo que no dijo, pero Pedro lo sabía, era que habían perdido los contratos porque él había estado cegado por la mujer con la que se acostaba. Era tanto culpa suya como de Pau. Había decepcionado a sus hermanos de la peor manera posible, arriesgando aquello por los que llevaban años trabajando.
Hola lo prometido es deuda :) aqui el capitulo de hoy, que tengan una linda noche, gracias por leer y comenten :) @patty_lovepyp
ahhhh quiero mas!!
ResponderEliminarsubi mas, la odio a la mosquita muerta de julieta, que pedro abra los ojos.esta buenisima la novela
ResponderEliminarWou!!!!!!!! Qué atrapante!!!!!!!!!!!
ResponderEliminarbuenísimo,me encanto!!!
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